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Carta a la vejez

Valentine background with letter and red roses

Carta a la vejez

Hola Vejez:

Siento tu presencia silenciosa y temida. Llegas con las primeras arrugas en mi piel.
Con los despistes, los olvidos, los “achaques” de un cuerpo cansado que ahora se resiste a responder con la rapidez y lozanía de antaño.
Cuando me miro al espejo y te veo, me asusto de las huellas que ya vas dejando en mi rostro. Te miro con recelo y me parece que cada día te haces más presente.

Nunca he tenido miedo a envejecer, pero sí a los daños colaterales que tú acarreas. Los dolores físicos, las pequeñas o grandes limitaciones y fundamentalmente miedo a perder la capacidad de pensar, de razonar con claridad y cordura. Pero por suerte, no siempre traes toda esa larga lista de inconvenientes. Al natural desgaste y deterioro físico, añades como contrapartida, unas facultades extras a modo de compensación. Contigo se afianza la experiencia, la madurez, la capacidad de análisis y la serena reflexión.

¡Qué bien nos viene todo eso amiga Vejez! Con los años vamos adquiriendo esa serenidad y una especial visión de la vida. Podemos ver con la perspectiva del tiempo el transcurso de nuestra vida, analizar aciertos errores, acciones y omisiones…
Sí, hablo de omisiones, porque un error común es pensar en el bien o el mal que hemos hecho, pero rara vez nos planteamos el bien que hemos dejado de hacer.
Buscamos errores pasados con los que reprocharnos lo viejo. Sin embarco deberíamos tratar de analizar los errores, para intentar corregir lo que podamos y evitar caer en los mismos fallos.
Esa es la verdadera función de la enseñanza del tiempo vivido: EL APRENDIZAJE.

Tal vez, seas tú querida Vejez, el periodo de nuestra vida, donde aprendamos a valorar y añorar el auténtico valor del tiempo. Ahora nos importa mucho el tiempo. El tiempo corre raudo e implacable sin darnos segundas oportunidades.
No sabemos cuánto nos queda, pero mucho o poco, somos conscientes de que estamos en el tramo final de nuestra vida y eso, aunque puede resultar doloroso, también nos hace ser conscientes de que hemos de aprovechar cada momento, cada hora, cada minuto, porque se nos escapa como el agua entre los dedos sin poder retenerlo.

Ahí está precisamente la verdadera sabiduría que proporciona la madurez. No podemos sentarnos a llorar por un pasado que ya no existe, ni preocuparnos por un futuro incierto que ni tan siquiera sabemos si llegará. Vivir el momento presente, el aquí y el ahora, e intentar saborear los momentos felices, por pequeños que éstos sean.
Nuestra piel tiene más arrugas, nuestra alma también, pero en el corazón y en la mente existen muchos sentimientos y experiencias que nos hacen tener más sabiduría.
Con ese bagaje tenemos los elementos necesarios para abrir las alas y volar en libertad, sin trabas, sin prejuicios, con la clara conciencia de que tenemos derecho a VIVIR.

Por todo esto querida Vejez, hoy quiero darte las gracias y pedirte que sean benévola. Que me permitas liberarme de viejas ataduras y que vuelva a reencontrar mi alma de niña, de niña con ilusiones y esperanzas, de esa niña que fue demasiado pronto adulta y que hoy quiere reconciliarse con su ” yo” adulto. Déjala ahora que recupere su inocencia rota, que pueda abrazar a la mujer madura y que ambas se reconcilien y convivan con esa paz y serenidad, que solo tú amiga Vejez eres capaz de infundir.

Ayúdame para que, sea una viejecita entrañable y la rigidez actual de mis facciones se dulcifique, hasta llegar a aprender a sonreír con la bondad de las buenas personas. Y en el tramo corto o largo de mi camino, pueda tener siempre un sueño que perseguir, una esperanza por la que luchar, una ilusión por la que vivir.
Espero que seamos buenas compañeras de viaje y podamos andar nuestro camino en sana armonía.

 

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